En busca de la primera novela policíaca II

En el post anterior hablábamos del francés Vidocq y del inglés Dickens. Si bien franceses y anglosajones se influyeron mutuamente, llegaron a constituir dos escuelas muy distintas. Estos últimos se apasionaron por la figura del detective aficionado y emplearon el diálogo intencionado como recurso para exponer las pistas que llevarán a la resolución del misterio. Los franceses, en cambio, optaron por el policía profesional como protagonista, y fueron más proclives a reflejar el entorno en sus relatos y a incluir personajes pintorescos y golpes de efecto, al gusto folletinesco de la literatura de evasión de bajo coste.

Así, a mediados del siglo XIX, Émile Gaboriau creó con El caso Lerouge la figura del joven y perspicaz policía Lecocq, que se editaría durante muchos años en forma de folletín. Pese a su escasa calidad literaria, Gaboriau es el artífice de la novela policíaca en Francia, y el primer autor que presenta a un agente de policía como héroe. En Inglaterra, mientras tanto, Wilkie Collins, amigo y discípulo de Charles Dickens, tomaba el relevo de su maestro. Collins, dotado de una extraordinaria imaginación, introduce la técnica del desafío al lector: el engaño de las apariencias, la imposibilidad de conocer la personalidad de los demás y el conflicto entre el misterio y la razón llegan a crear un clima único. Sus novelas La dama de blanco y La piedra lunar son dos de los títulos más representativos del género.

La nómina de autores policíacos iba creciendo poco a poco hacia su mayoría de edad, y lo hacía con grandes nombres. En 1887, inspirado por el personaje del inspector Vidocq, Arthur Conan Doyle publicaba Un estudio en escarlata. Con está novela nació Sherlock Holmes, que en pocos años se convertiría en un auténtico mito, en el prototipo del investigador privado. Medio burgués, medio policía, impertinente fumador en pipa, símbolo eterno de la lógica irrefutable, Holmes eclipsaría la fama de su propio autor. Conan Doyle construyño sus tramas con cautivadora sencillez y, en línea con la estricta moral victoriana, asoció la identificación del culpable con el restablecimiento del bien. Fue un maestro en la descripción de ambientes, en el planteamiento de enigmas y, sobre todo, en su resolución: rápida, elegante y asombrosa.

La novela policíaca francesa, mientras tanto, se desarrollaba con menos ambición de racionalidad y de rigor científico que en Inglaterra. A principios del siglo XX, Maurice Leblanc alcanzaba la fama con las populares novelas que tiene como protagonista a Arsenio Lupin, el ladrón caballero (en la fotografía). Pero será su coetáneo Gaston Leroux, un cronista parlamentario reconvertido en autor policíaco, quien proporcione a Francia su primera gran novela del género, El misterio del cuarto amarillo. Esta obra, ejemplar interpretación en una habitación cerrada, inicia la saga del detective Rouletabille, que conseguiría uno de sus títulos estrella con El fantasma de la ópera.

Se iniciaba, poco a poco, la edad de oro de la novela policíaca… pero esa es otra historia.

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En busca de la primera novela policíaca I

Quien más, quien menos ha leído a Mankell, Camilleri, Nesbo, Kerr o a cualquier autor de la inacabable escudería de autores escandinava. La contemplación de este notable universo de autores negros obliga a pensar cuándo, cómo, y quiénes protagonizaron el Big Bang de la novela políciaca. Delitos, intrigas, misterios e investigaciones son temas que podemos encontrar en obras tan antiguas como la Biblia, aunque los antecedentes claros son mucho más recientes. Voltaire, por ejemplo, escribió a mediados del siglo XVIII lo que podría considerarse un prototipo: Zadig, la historia de un sabio babilonio sometido a extrañas persecuciones. Pero quien en realidad sentó las bases del género fue el inglés William Godwin con Caleb Williams, la primera novela, publicada a finales del siglo XVIII, en la que se reconoce una estructura hoy clásica.

Los relatos que se editaron en Francia a principios del siglo XIX estaban basado en hechos y personajes reales. Uno de éstos era François Eugène Vidocq, ladrón, maestro en evasiones y disfraces que más tarde se convirtió en colaborador policial, y con el tiempo en jefe de la Sûreté (policía de seguridad) francesa. Su labor trascendió los muros de la jefatura y, años después, se retiró con la intención de crear su propio cuerpo de policía. Como detective privado se enfrentó a los estamentos oficiales, por lo que termino varias veces en la cárcel, salvándose gracias a sus amistades y, sobre todo, al hecho de ser un temible archivo viviente, conocedor profundo de secretos de la sociedad de su tiempo. En 1830 publicó sus memorias, que se convirtieron en bestseller de la época.

Ya a mediados de siglo XIX, cuando las historias de Vidocq aparecieron en Inglaterra y Estados Unidos, se desató una auténtica fiebre criminal de la que no escaparon firmas como el norteamericano Edgar Allan Poe o el británico Charles Dickens. Para muchos especialistas, Poe es el primer narrador policíaco, y su detective Dupin se considera el origen de todos los que surgieron a partir de entonces. El autor empleaba la lógica en sus obras, estrictamente policíacas (como Los crímenes de la calle Morgue o La carta robada). Por su parte Dickens escribió algunos relatos policíacos para la revista Household Words y acuñó la figura del investigador privado Bucker en su novela Casa desolada.


Las seis reglas de la novela policíaca

En su tratado Histoire et techniques du roman policier (1939), una de las obras básicas de referencia, el especialista francés François Fosca enumeraba las que consideraba las seis normas que rigen toda creación literaria de género policíaco.

1. El caso que constituye el tema de la novela es un misterio en apariencia inexplicable.

2. Un personaje (o varios) es considerado por error culpable, porque los indicios así parecen señalarlo.

3. Una minuciosa observación de los hechos materiales y psicológicos y, sobre todo, un riguroso método de razonamiento triunfan sobre las teorías principales. El investigador no adivina jamás, razona y observa.

4. La solución, que concuerda a la perfección con los hechos, es totalmente imprevista.

5. Cuanto más extraordinario parece el caso, más fácil es resolverlo.

6. Cuando se han descartado las imposibilidades, lo que queda, aunque increíble al principio, es la solución justa.


Sabuesos medievales

La novela policíaca cuenta con títulos ambientados en diferentes épocas de la historia. El de mayor repercusiñon fue El nombre de la rosa (1980), del conocido semiólogo italiano Umberto Eco. La novela, ambientada en un monasterio del siglo XIV, está protagonizada por un monje franciscano, Guillermo de Baskerville.

El clamoroso éxito de la obra, con sus toques de erudicción, bendijo todo tipo de vínculos entre historia y misterio y, lo más importante, dio un barniz de sofisticación a un género habitualmente calificado como literatura de entretenimiento. Sin embargo, la novela policíaca no nació con El nombre de la rosa.

Uno de los precedentes más destacados fue la obra de la autora inglesa Ellis Peters. Su protagonista, el hermano Cadfael, un persuasivo benedictino medieval, pisó por primera vez la abadía de Shrewsbury en 1977. Con Un dulce sabor a muerte, Peters inició una serie que se prolongó a lo largo de 20 novelas.

En los últimos tiempos, la Edad Media ha sido el escenario preferido por un buen número de autores. Un buen ejemplo es el británico P.C. Doherty, el más prolífico de todos ellos, que escribió a lo largo de los años 90 excelentes novelas sobre la época de Eduardo I de la mano del forense John Cranston y del escribano Hugo Corbett.

Cadfael, Cranston y Corbett… Eligas a quien eligas, buen viaje a la Edad Media.


Els darrers pagesos

Del medieval Rec Comtal que travessava el pla de Barcelona queda ben poc. Algunes ruïnes en el subsòl del Mercat del Born (en ple procés de musealització) i amb prou feines un tram a cel obert al barri de Vallbona, allí on la ciutat perd el seu nom, i un dels ponts de pedra original que creuaven la sèquia, el que dóna a l’horta de la finca de La Ponderosa, nou hectàrees que encara es conreen a una zona, la ribera del Besòs, en la que fins fa unes dècades abundaven les masies i els camps de cultiu.

La Ponderosa és una finca voltada pel progrés que ha perdut bona part de les seves terres per les obres de l’AVE i per la construcció d’un pont que, quan no inunda les seves terres per la barrera dels seus talussos, uneix els barris de Vallbona i de Torre Baró, separats per la frontera d’asfalt i velocitat en la qual s’ha convertit la Meridiana a la sortida de Barcelona.

La Ponderosa, no obstant això, segueix sent una bona terra. Patates, cebes, tomàquets, carbassons, mongetes tendres… Milers de quilos de productes que es venen en les parades que la família propietària té al mercat de Sant Martí. Malgrat tot, envoltada de vies de tren, ponts i autopistes, La Ponderosa té un futur tan incert com el Rec Comtal, que durant nou segles va subministrar d’aigua a Barcelona, i avui, convertit en desguàs, es limita a alimentar la darrera explotació agrícola de Barcelona.


El Palau Güell

El Palau Güell es la primera obra que el arquitecto Antoni Gaudí, el arquitecto más peculiar y singular del Modernismo, regalaría a la ciudad de Barcelona y que ha sido declarado bien del patrimonio mundial por la Unesco. La obra de Gaudí fue única. Gaudí fue un hombre capaz de bordar la arquitectura civil más modesta, la arquitectura religiosa, la arquitectura industrial, el urbanismo y la arquitectura palaciega. Una amalgama arquitectónica que se concentra en Barcelona. Antoni Gaudí nació en 1852 en Reus en el seno de una familia de artesanos dedicados, tradicionalmente, a la fabricación de calderas y otros objetos de cobre. Gaudí, el menor de cinco hermanos, marchó a Barcelona en 1873 para estudiar arquitectura, carrera que finalizaría cuatro años más tarde, en 1877. Su primer encargo profesional fue el diseño de los nuevos edificios de la Cooperativa Textil de Mataró (1878) para los que el arquitecto ideó unos singulares arcos catenarios de madera y una gigantesca abeja de bronce (símbolo de la cooperativa). Ese mismo año Gaudí diseñó una vitrina de vidrio y cristal decorada con hierro forjado, caoba y marquetería para que un fabricante de guantes catalán, Esteban Cornellá, expusiera sus productos en la Exposición Universal de París. La vitrina sedujo a un hombre, Eusebi Güell, industrial, aristócrata y político en ascenso, que decidió convertirse en el mecenas de aquel joven arquitecto y diseñador. El primer trabajo de Gaudí para Güell fue el diseño del mobiliario del panteón que el marqués de Comillas, todopoderoso suegro de Güell, tenía en las cercanías de Santander. A este encargo, siguió otro para la misma persona, una pérgola decorada con globos y centenares de piezas de cristal. Desde entonces, su carrera y su obra, que con los años se ha convertido en el mejor símbolo de Barcelona, estuvieron íntimamente ligadas a la familia Güell.

Gaudí tenía solo 34 años cuando recibió el encargo de construir la residencia privada de la familia Güell. Y curiosamente no en el Eixample, que ya estaba en plena expansión, sino en el Raval, una zona que a finales del siglo XIX ya estaba muy degradada y en la que abundaban la prostitución y las salas de alterne (el Edén Concert estaba enfrente del Palau Güell). Quizás no fuera muy lógico que Eusebi Güell, con siete hijos, fuera a vivir a esa calle. Sin embargo, tuvo un motivo para hacerlo. Su padre, Joan Güell, vivía en la Rambla y Eusebi compró el solar del Palau Güell para estar cerca de su padre. El aristocrático mecenas de Gaudí dio libertad presupuestaria al arquitecto para construir un original y suntuoso palacete que albergara reuniones políticas y conciertos de cámara y alojara a los más ilustres invitados de la familia. Dicho y hecho. Gaudí utilizó los mejores materiales del momento y el coste de la construcción se disparó enormemente. El resultado final fue una auténtica obra maestra del gaudinismo más oscuro y tenebroso. Lejos de satisfacer la idea burguesa del confort (era una casa de gran altura y no contaba con calefacción, con lo cual debía ser muy poco confortable en invierno), el Palau Güell de Gaudí es un espacio insólito en el que prima el juego sabio, correcto y magnífico de los volúmenes bajo la luz.

La fachada del Palau Güell, de líneas sugestivamente venecianas, está construida con una piedra de aspecto severo en la que destaca sobremanera el diseño de hierro forjado que cubre los tímpanos de los dos arcos parabólicos de entrada y salida y que da forma al majestuoso escudo de armas catalán, concebido como una pequeña columnata, que preside la fachada. La primera dependencia del palacio es el vestíbulo de 20 metros de altura que proporciona al conjunto una sensación de transparencia y articula los diferentes espacios en que se divide esta estupenda obra primeriza de Gaudí. Todo el edificio está organizado alrededor de este vestíbulo central. Una escalera noble conduce a la auténtica joya de la corona del Palau Güell: su sorprendente, misterioso y telúrico salón central de siete pisos de altura coronado por una cúpula parabólica en forma de cono. La cúpula, perforada por una serie de pequeñas aberturas en forma de círculo que filtran una tenue luz indirecta, da al salón una curiosa apariencia de planetarium bajo la luz del día, para unos, y de sala central de un ‘hammam’ árabe para otros. Puerta con puerta al salón principal se encuentra el comedor del antiguo palacio diseñado por Gaudí. Esta estancia resume perfectamente la lujosísima decoración de un edificio en el que abundan las columnas de mármol, los techos cubiertos con maderas preciosas (palisandro, ébano y maderas brasileñas), el exquisito mobiliario original, recientemente adquirido a los descendientes de Eusebi Güell y adornado con guadamecí (cuero trabajado), y apliques de marquetería de calidad extraordinaria. Un ingenioso juego de cadenitas y engranajes abre y cierra unas originales persianas ‘brise-soleil’.

A través de la planta noble se accede a la terraza trasera del Palau, un inmejorable mirador para descubrir la fachada posterior, presidida por una tribuna y unas celosías de madera rica y desbordantemente decoradas como si de la piel de un armadillo se tratara. Para acceder al terrado hay que volver al vestíbulo y ascender a través de una antigua escalera de servicio. La azotea presume de las 20 chimeneas ideadas por Gaudí y restauradas entre 1988 y 1992 por un grupo de artistas que reconstruyó las ocho más dañadas con toda fidelidad al trabajo original de Gaudí. En una de estas nuevas chimeneas, con un poco de paciencia, se puede localizar un Cobi, la mascota olímpica de Barcelona’92, entre el ‘trencadís’. Las chimeneas gaudinianas, todas ellas únicas y diferentes como si se tratara de diferentes bocetos de un modelo idealizado, recuerdan, con un poco de imaginación, a un grupo de árboles y representan probablemente uno de los primeros esbozos del proyecto que Gaudí culminaría años después en el terrado de la Pedrera. En esta obra, por ejemplo, Gaudí uso por primera vez el ‘trencadís’, un revestimiento elaborado con fragmentos irregulares de mosaico, una técnica de origen árabe que el arquitecto de Reus y el Modernismo adoptaron posteriormente como uno de sus principales signos de identidad. Si uno presta atención chimenea por chimenea acabará descubriendo en una de ellas, probablemente la última construida por Gaudí y totalmente de color blanco, el pequeño sello verde de un fabricante de cerámica de Limoges. Cuenta la leyenda que Eusebi Güell tenía una fantástica vajilla de Limoges de la que estaba cansado y que prestó al arquitecto para que la utilizara en el revestimiento de la última de las chimeneas del Palau. Completa la azotea una aguja decorada con una rosa de los vientos dorada, un murciélago de hierro y una cruz griega y que parece recubierta de azulejo pero que lo está de una piedra caliza vitrificada de color gris azulado.

En el otro extremo del Palau, en el sótano, se encuentran las caballerizas, a las que se accede por una rampa circular que apunta las posteriores rampas en espiral que Gaudí diseño para la Pedrera y que nunca llegaron a construirse. Esta peculiar cripta, de bóvedas muy rebajadas apoyadas en sencillas columnas fungiformes, exhibe una arquitectura espectacular y sirvió, en su época, par acoger las cuadras y las habitaciones de los palafreneros de palacio. Las columnas y sus capiteles de ladrillo son uno de los paisajes más enigmáticos, sugerentes y conocidos de la arquitectura gaudiniana. Pese a ser concebido como una residencia familiar, el Palau Güell cumplió muy pocos años con esta función. La familia Güell lo habitó hasta la Guerra Civil, cuando el palacio fue confiscado por los anarquistas de la CNT y la FAI, que lo convirtieron en cuartel y prisión (‘checa’). Los Güell no volvieron nunca. El abandono y el deterioro generalizado de esta zona del Raval hicieron que los herederos del conde Güell decidieran, en 1945, ceder el palacio a la Diputación de Barcelona, su actual propietaria, mediante la fórmula de un vitalicio.


El campo del alfarero

De tanto en tanto viajo a Sicilia. Y siempre lo hago de la mano de Andrea Camilleri y de su alter ego, Salvo Montalbano, protagonista ya, si no me fallan las cuentas, de 21 novelas (una pregunta al editor, ¿por qué no coinciden todas en formato?). La semana pasada concluí mi última visita a Vigatà con El campo del alfarero, una nueva joya del híbrido literario que cultiva Camilleri, a medio camino entre el thriller y la novela costumbrista, y que es precisamente uno de sus principales activos.

En la Sicilia literaria de Camilleri se mata, y mucho. Las aventuras de Montalbano, sin embargo, permiten conocer una sociedad rural en la que los crímenes y castigos forman parte del día a día. El campo del alfarero quizás es una de las mejores obras de la saga. La trama, excepcional por cierto, se desarrolla como un juego de espejos, de falsas realidades y traiciones que finalmente acaban por desembocar en el descubrimiento de una verdad miserable y ruín.

Por el camino, un Montalbano en horas bajas se las tiene con el paranoicamente metódico Fazio, el impredecible Augello, la caricatura de Catarella y la presencia, siempre estimulante para el comisario, de su amiga Ingrid. Libro a libro, Camilleri ha construido un universo que gira alrededor del irascible de Montalbano, un personaje que pasa por su última aventura con unos desmayos y achaques que hacen presagiar un final similar al del comisario Kurt Wallander. Esperemos que Camilleri y Montalbano conserven la salud y, el que esto escribe, pueda seguir viajando a Sicilia sin salir de casa.